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Casi al unísono, luego de que el juez ordenara la captura de los empresarios, sus abogados y algunos “líderes de opinión” vociferaron: “¡ellos no deben ser esposados por ser decentes!”.

Es cierto que de todo hay en la viña del señor, pero ¿quiénes son decentes?

No será tarea difícil descubrir lo que distingue a la gente decente de la otra gente, que debe ser, sospechosamente, la indecente, aunque nadie se atreva a decirlo a boca de jarro.

¿Decentes, podrían ser los más adinerados, y los indecentes serían los menos afortunados por no poseer tanto dinero como los primeros?

En realidad esa fórmula no funciona debido a que es fácil constatar que existen muchos millonarios a todas luces indecentes, así como hay muchísima gente sin riqueza monetaria alguna, pero evidentemente muy decente. En consecuencia, el dinero no crea decencia.

¿Acaso, entonces, será decente aquel hombre de elocuencia docta que luce elegante vestimenta importada, con reloj, pulsera, anillo y demás aditamentos de oro? ¿Y qué del humilde trabajador, un tanto mal trajeado, que llega a casa a ofrecer su servicio provisto solo de sus herramientas de trabajo?

Con toda seguridad, amigo lector, que usted conoce a muchos bribones a quienes la gente llama decentes solo por “vestir bien”, tener “buen apellido” o ser de la “clase alta”. Y, con la misma seguridad, también conoce a una multitud de personas, verdaderamente honorables por sus virtudes que, por no presumir de sus logros, son vistos hasta con desprecio. Jesús Véliz Ramos

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