Mientras los niños reforestan
Los adultos talan con gran frenesí
¿Y la mala costumbre del “cortamonte”?
Eduardo Galeano, una de las personalidades más destacadas de la literatura latinoamericana, condolido por la situación en la que se encuentra nuestro planeta, nos dice: “El mundo está siendo desollado de su piel vegetal y la tierra ya no puede absorber y almacenar las lluvias. Se multiplican las sequías y las inundaciones mientras sucumben las selvas tropicales, devoradas por las explotaciones ganaderas y los cultivos de exportación que el mercado exige…”
Este párrafo que pertenece a uno de sus tantos bellos relatos, refleja la lacerante realidad y la condena a la tala de nuestros bosques selváticos, devastados por la voraz conducta humana. Pero esa misma actividad depredadora también se enfila contra nuestros valles y ciudades que se ven agredidos por la insanía humana que no advierte, y tampoco le importa, el daño irreversible que se ocasiona al único hogar que tenemos: la Tierra.
Claro, existe una diferencia cuantitativa entre la tala masiva e indiscriminada de nuestros bosques selváticos y la tala que depreda nuestros valles y ciudades; pero la conducta es la misma por cuanto, unos y otros, carecen de una conducta ética frente a la naturaleza, la sociedad y la misma vida.
Si en nuestros días el valor del árbol se mide por la madera que produce o por la satisfacción enfermiza que produce el “cortamonte”; si su valor se ha transformado sólo en eso, ello se debe a que la conducta humana deja mucho que desear.
Pero, ¿qué de aquellas municipalidades que no han reglamentado el uso de nuestros árboles para los “cortamontes”? Y, ¿qué de aquellas que dicen “cortar uno y plantar diez” si no tienen idea de cómo llevarlo a la práctica?
Los niños de la comunidad Ubiriki (Perené-Junín), saben perfectamente que sus bosques garantizan la vida del planeta. La buena conducta ambiental de ellos favorece también a todos los habitantes del mundo.
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